¿cuál era la pregunta?
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Estuve leyendo varios libros a la vez, como suelo hacer, pero el protagonista de estos últimos meses fue Frankenstein de Mary Shelley. Si no lo leyeron, seguramente conocen la historia a grandes rasgos porque es uno de los mitos modernos (o una versión moderna de mitos milenarios como el Gólem o Prometeo, pero para la era de las máquinas). Conocía la historia, el mito, los elementos, incluso vi películas de varios estilos referenciandola y uno de mis capítulos favoritos de X-Files (serie que es tema aparte para otra carta futura) es una especie de sátira del mito, pero todas estas fuentes externas suelen enfocarse en un aspecto en particular. El poder de la novela original es el entramado finísimo con el que combina, espeja y hace bailar entre sí todos los temas que aborda. Leerla fue por un lado MUY divertido y atrapante, y por otro lado fue como meter la patita en un lago infinito de sentidos que me envolvieron porque sentí que hablaba de nuestro presente (como un espectro de hace dos siglos pero con el poder profético y eterno de la poesía). Sentí que hablaba de mí, y sentí que yo era tanto el monstruo como el Dr. Frankenstein. Lo extraño fue encontrar el binomio intercambiado, algo que había escuchado pero no entendí realmente hasta leer la novela. ¿Quién es el verdadero monstruo?
El Dr. Frankenstein crea a su “monstruo”, vamos a decirle Franki, envuelto en una manía científica de progreso a toda costa, y nunca se detiene a pensar en qué sería de la criatura en caso de lograr hacerla vivir. Él la crea, él la diseña y luego, cuando Franki vive, se espanta de su fealdad y lo rechaza. Franki queda solo en un mundo cruel, con una enorme sensibilidad al amor y la belleza que con el tiempo se torna en rabia, un ser con enorme lucidez y sin escapatoria de su marginalidad total. La potencia con la que ama es también la potencia con la que luego odia.
¿Es eso un monstruo? ¿O es el monstruo el que lo crea y lo abandona? ¿O en todos, en un sistema tan roto, hay algo de monstruoso? ¿Es lo monstruoso algo que nos volvemos, algo que nos domina y nos corrompe, una consecuencia de la vida o algo que siempre llevamos dentro?
Lo que más me fascina de esta historia es uno de sus temas centrales, los peligros del progreso científico a cualquier costo.
«Qué peligrosa es la adquisición de conocimiento y cuán más feliz es el hombre que cree que su pueblo es el mundo, que el que aspira a ser más grandioso de lo que le permite su naturaleza» dice el Dr, luego de haberlo perdido todo a raíz de su experimento.
No creo que esto sea del todo así, es una expresión bien romántica, hermosa pero incompleta. Creo que las fronteras de la adquisición de conocimiento están desdibujadas por pulsiones humanas que trascienden la razón, la “hibris” le decían los griegos: la desmesura y la arrogancia. La ciencia y sus avances nos permiten facilidades, vidas más largas, curación y expansión, y también nos arrojan a peligros extremos, enfermedades distintas a las que se querían curar, nuevas, extrañas. No creo que se pueda detener la búsqueda del progreso a nivel humanidad y volver al pueblo, pero cuando se pierde el registro del problema que se quería solucionar, y la búsqueda se vuelve más vinculada a la competencia y al poder que a la solución de problemas, sucede la catástrofe: Frankenstein, la bomba atómica, los virus de laboratorio, etc. La tecnología es un terreno donde todo esto se evidencia desde la época de Frankenstein (revolución industrial) hasta nuestros días.
La tecnología no es una cosa en sí misma, sino una serie de procesos y tiene que tener un propósito. La pregunta es cuál debería ser ese propósito, o como dijo Cedric Price, “La tecnología es la respuesta, pero ¿cuál era la pregunta?”