mis años raros

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Hace un año exactamente comencé a tocar en vivo con el nombre “Victoria y las Máquinas”.

Los años anteriores son algo que voy a ir compartiendo a medida que me sienta más cómoda en mi nueva piel. Fueron años raros.

Mark Fisher habla en su libro “Lo Raro y lo Espeluznante” de estas dos cualidades distintas de lo extraño. Lo espeluznante está relacionado con lo absolutamente desconocido, “la forma más pura e intensa del terror”. Lo raro es más familiar: es una familiaridad deformada, algo que creemos conocer y de pronto se nos revela desconocido. “Conlleva la sensación de algo erróneo: una entidad rara o un objeto que es tan extraño que nos hace sentir que no debería existir, o que, al menos, no debería existir aquí. Pues si tal entidad u objeto está aquí, las categorías que hasta ahora nos han servido para dar sentido al mundo dejan de ser válidas”

Algo que me encanta de este momento en mi carrera y en mi vida en general es que hay mucha gente alrededor, tanto en estas cartas como en mis recitales y en mis círculos más íntimos también, que no me conoció durante esos años raros, ni antes, por lo que no siento necesidad de explicarle nada: lo que ven es lo que hay. Sin embargo, la estela de esos años opera en mí como una sombra invisible, ya no como cadena si no como espectro. Como dice Rorschach en Watchmen, no se puede hacer de cuenta que no vimos lo que vimos.

Antes de esos años raros, mi vida era una puerta totalmente abierta: a través de videos en YouTube, presentaciones y expresiones varias mostraba absolutamente todo lo que me componía al mundo sin reparos. Esa vulnerabilidad era mi superpoder, era una militante del compartir extremo como forma de salvar al mundo.

En 2017, esa vulnerabilidad me hizo un daño muy profundo. Las circunstancias exactas son en parte públicas, en parte privadas y en gran medida intransmisibles. El evento central fue un proceso judicial tan absurdo que las categorías que le habían dado sentido a mi mundo se volvieron inválidas (lo raro). Esas circunstancias me hicieron alienarme no sólo de internet sino también de casi toda la gente en mi vida. Lo raro se hizo carne; como La Mosca de Cronenberg, me transformé en algo que no reconocía, mis interiores hacia afuera de forma monstruosa.

En 2022 esa situación llegó a un fin, y gané ese proceso judicial.

Pero en vez de sentirme victoriosa, me sentí más perdida que nunca.

¿Qué fue exactamente lo que gané? Nadie gana en ciertas batallas. Pensé mucho en mi nombre, Victoria, y en una frase de Bob Dylan que dice “me quieren hacer creer que se puede ganar una guerra mundial”.

Ahí, en ese vacío, decidí dejar de usar mi nombre por un tiempo y aventurarme a la composición para buscar darle forma a esas emociones imposibles. Una de las primeras frases que escribí, como el personaje que sobrevive al apocalipsis en una película de catástrofe, fue “estoy viva entre tantas cosas muertas”.

En ese momento, desde esa nada, empezaron a manifestarse influencias que me sostuvieron en los años raros: autores que se sumergen en la basura como Pasolini y Cronenberg, el terror, el grunge y el post punk, PJ Harvey, la ciencia ficción, Frankenstein, los robots, el fin del mundo y la bomba atómica entretejiéndose en un telar de frases, riffs, líneas de sintetizador monofónico y una bola de oscuridad en el pecho que se transformó catárticamente en tres canciones.

“Me estoy volviendo un monstruo y no lo puedo controlar”

Victoria y las Máquinas ya está disponible para escuchar acá.


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