La conjura contra Argentina
Inspirada por las tortuosas elecciones argentinas del 2023 y su contundente resultado, en lo que va del 2024 me sumergí en una obsesión persistente en mi vida: la Segunda Guerra Mundial.
No creo que Milei sea fascista ni tenga nada que ver con los fascistas en términos políticos, que es una asociación recurrente. Los fascistas fueron nacionalistas, proteccionistas y organizados en su afán de horror. Esto es otra cosa. Aún así, la experiencia de esa otra cosa, confusa y mutante en tiempo real, tiene mucho en común con experiencias humanas de momentos históricos de crisis como la Segunda Guerra Mundial.

Todas las imágenes fueron generadas con IA.
En Netflix no paran de aparecer nuevos documentales sobre la Segunda Guerra Mundial. Oppenheimer en el cine y en todas las categorías de los Oscars da cuenta de este fenómeno a mayor escala. Hay una intriga con ese período de tiempo y un consenso de que las cosas que pasaron en él fueron importantes. Sin embargo, como demuestra Oppenheimer, creo que lo que vende es la lectura de estos eventos como arcos épicos de personajes atrapados por sus propios demonios, y no como manifestaciones de tendencias sociales que se repiten una y otra vez. La Segunda Guerra Mundial no fue un camino del héroe para nadie. En un proceso interpasivo, estos productos culturales sacan las conclusiones por nosotros y experimentan por nosotros la reflexión histórica, sin involucrarnos realmente.
No es la primera vez que me obsesiono con la Segunda Guerra Mundial, pero hasta ahora mis fijaciones tuvieron más que ver con el desarrollo tecnológico: las armas, la aviación, la bomba, la motivación de matar-más-gente-más-rápido como motor de avances enormes que moldearían la cultura entera y que me pregunto si podrían haber sido motivados por otra finalidad menos cruenta (creo que no, me gustaría creer que sí, quizás estaríamos mejor sin ellos, pero es material para otra entrada). Esta vez mi curiosidad fue sobre las personas que atravesaron cambios enormes en poco tiempo sin saber hasta donde podían llegar y viéndolos volverse terribles en tiempo real.

Entre las lecturas a las que me llevó esta exploración, una se destacó y es La Conjura Contra América de Philip Roth. La novela plantea una ucronía sobre qué hubiera pasado si en 1940 un nazi hubiera ganado las elecciones en Estados Unidos, en vez de sumarse a los Aliados para combatir a Hitler. El simpatizante en cuestión es una persona de la vida real, el piloto de aviación devenido nazi Charles Lindbergh. En la novela se involucra en política para evitar que Estados Unidos se sume a la guerra, lo cuál lo hace ganar. El contexto y los personajes históricos vuelven al relato muy verosímil, y cualquier parecido con la Argentina de 2023 no es pura coincidencia.
El relato es desde la perspectiva ficticia pero autobiográfica de un joven Philip Roth, que narra cómo habría vivido su familia el horror de ver a su país sucumbir al nazismo por elección popular. Me resultaron escalofriantes las escenas de sus padres judíos pegados al televisor, sin poder creer durante las elecciones la posibilidad de que este personaje pudiera ganarlas: un hombre que abiertamente se juntaba con Hitler y sugería que los judíos estadounidenses controlaban los medios de comunicación.
Una vez que gana empieza a lavar su discurso para que no puedan acusarlo de antisemitismo. Mientras tanto, tiene reuniones con ministros nazis y hace pactos de no agresión con Alemania a la vista de todos. Algunos judíos empiezan a apoyarlo por hacer que no entren a la guerra. Otros no pueden creer que gran parte del país haga de cuenta que no es obvio que este señor está aliado con Hitler.
Con propaganda y programas estatales liderados por Rabinos, Lindbergh logra instalar que no es antisemita y a la vez mantener buenas relaciones con Hitler, que en el libro es igual al de la vida real: un genocida.

“Estudiamos historia como una historia inocua, donde todo lo inesperado en su época está registrado en la página como inevitable. El terror de lo imprevisto es lo que oculta la ciencia de la historia, que transforma el desastre en épica” dice el protagonista cuando empieza a hacerse evidente que hay una conspiración para volver nazi a Estados Unidos, y es cada vez más probable que Hitler domine el mundo. Lo interesante es que nosotros, en la realidad, ya conocemos el desastre y la épica de nuestra línea temporal, pero la del libro es un reflejo de eternas líneas posibles con distintos contenidos que aparentemente estamos condenados a experimentar como humanidad.
No, Milei no es fascista, pero pone a la sociedad en una contradicción similar a la del Estados Unidos del libro: dice abiertamente que su prioridad son los niños pobres mientras corta todos los programas de alimentos. Dice que la base de su partido es el respeto irrestricto a la libertad del prójimo mientras persigue artistas y políticos por sus ideas. Habla de ajustar a la casta mientras ajusta jubilados y docentes. Toda esta contradicción a cielo abierto es aceptada por una gran parte del país mientras que intereses extranjeros compran tierras, empresas y propiedades a precios bajísimos, los capitales se fugan al exterior y el poder adquisitivo de la clase trabajadora baja.
Entre lo que un político dice y lo que hace, pensar críticamente es esencial para construir un mapa de lo que efectivamente está pasando, y para eso es importante ver el panorama internacional, la historia y prestar mucha atención. No hay tiempo para la credulidad. Las palabras, como efectivamente sucedió en la Alemania nazi, pueden construir realidades imaginarias que validen las atrocidades más enormes, y en estos momentos los planes para Argentina están en manos de personas que mienten a consciencia. Tenemos funcionarios como Caputo diciendo en televisión que los países desarrollados no subsidian el transporte público. El mismo Milei dijo el día de su asunción que a principios del siglo XX fuimos la primera potencia mundial, lo cuál es empíricamente falso. No son disensos de opinión, son falacias. Como enuncia la máxima de Goebbels: «miente que algo quedará».
Lo más aterrador del libro, dejando de lado las macabras cuestiones del contexto histórico, es la complicidad que tienen los familiares del protagonista con el gobierno y como se construye esa narrativa paralela a la realidad en la que lo obvio es falso (tiene que ser falso). El peso de llevarle la contra a la mayoría cansa y en la novela, el hermano del protagonista elige hacer la vista gorda ante el flagrante nazismo para pertenecer al «Estados Unidos de bien» y no formar parte de la minoría marginal que representa su familia.
De esa manera, hasta hermanos se pueden tornar uno contra el otro si uno se congracia con algo terrible que convierte a su hermano en su enemigo. Si la identidad se basa en una creencia, dudar de esa creencia pone en riesgo la identidad, entonces para algunos es más fácil elegir creer a cualquier costo que hacerse cargo de la vulnerabilidad de haber estado equivocado.

El concepto de síndrome de Estocolmo comenzó en un robo de banco en Suecia en 1973, en el que los rehenes terminaron defendiendo al ladrón por tenerle más miedo a que la policía dispare. No es poco común que las personas defiendan a quien las daña u oprime. Ana Freud lo caracterizó como un mecanismo de defensa, y creo que también tiene que ver con el miedo a lo desconocido y la necesidad de crear vínculos. La Segunda Guerra Mundial puede ser un mapa para la actualidad si prestamos atención, ya que sus pulsiones siguen presentes: hay algo muy humano en el deseo de pertenecer a un grupo a cualquier costo, incluso llegando a naturalizar lo atroz invisibilizando mentiras evidentes.
La diferencia con el síndrome de Estocolmo es que nadie debería sentirse secuestrado en un gobierno democrático, si no que debería tener en todo momento la capacidad de discernir. Quizás lo importante sea el coraje de usarla a pesar de sus incómodas consecuencias.
Siempre me recuerdo que en su gran mayoría los nazis eran gente normal, seguramente dispuestos a tenderte una mano si…
Reeee, se vienen textos sobre IA en las próximas entradas.
Gracias Amilcar por siempre leer y aportar ideas!
Que pedazo de lectura, buenisima. Resalto esta parte: «hay algo muy humano en el deseo de pertenecer a un grupo…
Es muy interesante lo que plantea eata nivel de Roth. No la conocía, la voy a investigar. Concuerdo en que…
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